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Cuando el coronavirus comenzó a propagarse en China y luego en Europa, aquí, en la República Democrática del Congo, la epidemia del virus del Ébola estaba llegando a su fin y aún no se había detectado ningún caso de COVID-19. Recuerdo aquel domingo por la mañana en que fui a la piscina. El sol brillaba alto en el cielo y el lago Kivu, a lo lejos, era de un azul intenso. Parejas mixtas bebían zumo de frutas mientras sus hijos jugaban alegremente en el agua. Una ligera brisa acariciaba nuestros cuerpos sudorosos. Al otro lado del lago, podía ver Ruanda, el país de las mil colinas verdes. El eco de terribles noticias me llegaba desde lejos: la rápida propagación del virus y miles de muertos. Sin embargo, aquí tenía la impresión de poder respirar por fin. La ciudad parecía descansar. Por la noche, los bares estaban llenos y las calles estaban menos desiertas que hace unos meses. Qué sensación tan extraña era sentirme más segura que en mi propio país, en este país que lleva décadas en crisis. En Kivu del Norte, la emergencia es el día a día. Masacres, violaciones masivas, epidemias, pobreza endémica y erupciones volcánicas son algunas de las plagas que afectan a la región.
El 10 de marzo se declaró el primer caso de COVID-19 en Kinshasa. Los vuelos internacionales se cancelaron progresivamente y se cerraron las fronteras. Dos semanas después, el presidente Félix Tshisekedi decretó el estado de emergencia. Poco antes, la Organización Mundial de la Salud pidió a los países africanos que hicieran todo lo posible para evitar al máximo la propagación del virus, con el fin de escapar de los peores escenarios. Aunque la RDC tiene cierta experiencia en la gestión de emergencias sanitarias, el sistema de salud no está preparado para hacer frente a esta pandemia. La baja calidad de la atención sanitaria, la falta de material, el elevado coste de los servicios de salud, el gran número de enfermos crónicos y la alta densidad demográfica urbana son factores que podrían conducir a una verdadera catástrofe.
10 de marzo, fin de la tregua. La emergencia vuelve a asomar la cabeza. Desde hace unos días, trabajamos sin descanso con las autoridades sanitarias de la provincia para limitar la propagación del virus y ofrecer una buena atención a los enfermos.
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